El grito en estado de alarma (o no) - Teatro de Conciencia

El grito en estado de alarma (o no)

Por Marta Gárgoles y Purificación Martínez (Docentes y facilitadoras del programa de Alfabetización Emocional "En Sus Zapatos")
Con la colaboración del diseñador Iván Morán Vedia en las ilustraciones del cómic.

En estos tiempos de confinamiento muchas son las situaciones que se viven en el día a día de cualquier familia con los hijos en casa. Algunas son divertidas, de complicidad, de cariño, de juego, etc. Y también, otras son de agobio, de cansancio, de rabietas, de frustración, de incertidumbre…

Lee estas frases un momento:

¡HE DICHO QUE VENGAS!

¡PORQUE LO DIGO YO!

¡NO!

¡CÁLLATE!, ¡A MI NO ME CONTESTES ASÍ!

¡NO CHILLES!

¡ERES UNA VAGA!

¡SIEMPRE ESTÁS MOLESTANDO A TU HERMANO!

¿Te son familiares? ¿Las sueles decir con un tono de voz alto?

Sí, efectivamente, son gritos. Esos a los que recurres en esas situaciones de rabia, cuando te ves desbordado, cuando ves que pierdes el control de la situación y nada sale como esperabas.

Sin embargo, el grito no es la mejor opción para comunicar con nuestros hijos e hijas.

Cuando un niño recibe gritos, el cerebro detecta una alerta de amenaza y desconecta su área pensante porque toda su energía vital se pone en “modo supervivencia”.

Tiene solo tres posibles reacciones: huir (encerrarse física o mentalmente), luchar (tomar una actitud combativa, enfrentar al adulto y gritar más fuerte) o paralizarse. Y es que el grito activa todas nuestras alertas innatas de peligro. El corazón se acelera, se empieza a segregar adrenalina y las pupilas se dilatan. Se segrega cortisol, la hormona del estrés, que prepara para dar respuesta a ese peligro.

La neurociencia explica que los gritos activan un área del cerebro de los niños que impide, justamente, que hagan lo que los padres están buscando.

Además, crecer con niveles elevados de cortisol puede traer consecuencias en el largo plazo. El estrés postraumático genera modificaciones estructurales y tiene repercusión en la conducta.

Entonces, ¿qué alternativas tenemos?

Te lo contamos en este cómic (descargar):

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