La paciencia todo lo alcanza... Hasta acabar con el enfado

Por Pax Dettoni Serrano (Antropóloga, experta en Educación Emocional. Creadora del programa de alfabetización emocional "En Sus Zapatos" y Directora de la Asociación Teatro de Conciencia).

Me enfado, te enfadas, se enfada, nos enfadamos, os enfadáis y se enfadan. Claro.

El enfado, la rabia, es inevitable, y más en estos momentos en los que estamos confinados.  En estos días en los que no sabemos si es miércoles o lunes o sábado, en los que, por no saber, no sabemos ni qué ha pasado exactamente para llegar hasta aquí, ni mucho menos lo que va a pasar de ahora en adelante.

Son los días de confinamiento más propensos a molestarse en general; aunque también a molestarse por ”tonterías”, por cosas que en el momento se viven como lo más importante pero luego –con la calma– nos damos cuenta de ”que no había para tanto”. Y es que el cansancio abona la tierra para la rabia, eso es un hecho.

¿Entonces qué hacemos?

Bueno, pues podemos entregarnos libremente a las llamas del enfado, regocijarnos en él hasta que nos queme la boca del estómago y el cuello. Enfurecernos más y dedicarnos a alimentarlo con pensamientos rumiantes que nos hablan una y otra vez de lo injusta que es la situación o el comportamiento de alguien para con nosotros. Luego podemos darle rienda suelta y convertirnos en un dragón que quema con sus palabras toda la casa, o en un toro bravo que destruye lo que encuentra en su camino.

Sí, esa es una opción.

Sin embargo, esta opción conlleva consecuencias. Unas consecuencias que pueden ser dañinas: primero hacia nosotros mismos, en nuestra salud física y anímica. Y después, sin duda, pueden provocar dolor en las personas que han recibido nuestros fuegos del enfado, y por supuesto pueden dañar la relación que nos une a ellas.

Es de hecho probable, que cuando el impulso rojo de la rabia nos lleva a destruir, luego aparezca tímidamente el arrepentimiento. Si bien es cierto que este no nos permitirá rebobinar en la película de nuestra vida, sí que nos puede abrir las puertas para restaurar o enmendar el daño realizado –además de abrirnos así mismo las puertas al perdón–.

Pero también, hay otra opción ante el nacimiento en nuestro mundo interior de la emoción de la rabia.

La paciencia.

La paciencia no es solo una vieja virtud que se estudiaba antes o la temática de un precioso poema de Teresa de Ávila del S. XVI, no. La paciencia es también algo moderno, y sobre todo necesario en estos tiempos.

La habilidad de tolerar sin alterarse ante una situación difícil o desagradable es lo que comúnmente entendemos por “tener paciencia”.

¿Significa que la paciencia evita que percibamos las situaciones como desagradables o difíciles?

No. Significa todo lo contrario, que a pesar de que vivimos y percibimos las situaciones como difíciles, desagradables, injustas o frustrantes, somos capaces de mantener la calma.

Es decir, la paciencia no evita que nos enfademos. Lo que hace la paciencia es evitar que sigamos el impulso destructivo que nos pide ese enfado, pudiéndolo substituir por un profundo suspiro que nos lleva a decirnos interiormente “pa-ci-en-ci-a, to-do pa-sa-rá”

Y es que la Paciencia tiene una prima que se llama Esperanza, y generalmente cuando llega una, llega también la otra.

Cuando podemos mantener la calma ante la emoción interior del enfado (por tonterías, o no) lo podemos hacer porque hay una creencia profunda en que esa situación va a pasar dando lugar a otra más agradable. Porque la vida está compuesta de eso, de luces y sombras.  Y no solo la vida, sino también las personas, entre ellas: nosotros mismos.

De hecho, además de una prima, tiene también una hermana gemela que se llama Aceptación, ella es más contemporánea y cosmopolita, pero son muy parecidas.

Estas gemelas – la Paciencia y la Aceptación- visitan nuestro mundo interior cuando las invitamos después de respirar profundo y al usar frases del tipo:

“Está pasando un momento difícil ahora por eso me habla así, luego seguro que volverá a comunicarse con amabilidad”.

-“Me siento enfadado porque no me ayuda con las tareas domésticas, esperaré a que se me pase el enfado y veré como buscamos una solución”.

-“A pesar de que no sé lo que va a pasar en los próximos días, ni semanas, ni meses voy a mantenerme tranquila porque pasará lo que tenga que pasar y luego también eso pasará”.

Y por supuesto también podemos invitarlas cantando, la música despista al enfado.

 

(El poema de Teresa de Ávila, bellísimamente cantado, pincha en este enlace)
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